He seguido atendiendo con mucho interés sus diarios. Por varias razones. La primera, porque, como les expliqué, parte de mi trabajo de investigación consiste en proponer un servicio social que funcione para el Colegio de Arte y Cultura, pero que al mismo tiempo permita reflexionar y analizar lo que se espera del servicio social en el país, en la universidad, entre los profesores y entre los alumnos. Desde luego, lo que importa, es tratar de ver qué tan cercanas son las expectativas entre todas estas instancias y, finalmente, cómo se relacionan éstas con aquellas que la "sociedad" atendida espera de nosotros.
Podrán notar que el tema central es la espera. Una especie de estado de alerta que, personalmente, me inquieta, tanto teórica como íntimamente.
Ahora que lo pienso, creo que buena dosis del trabajo del historiador tiene que ver con la espera. Los historiadores estudiamos, justamente, cómo y por qué las personas actúan como actúan: la acción y la espera son parte de una misma cosa.
Algo le ha pasado en los últimos tiempos a nuestra forma de esperar. Diagnóstico al que algunos llaman crisis de valores, desencanto, escepticismo; calificando incluso a la época como posmoderna. La posmodernidad, si es que eso existe, es simplemente (y eso es suficiente) un cambio radical en la forma de esperar.
Para cerrar estas escuetas reflexiones, cerremos pues con dos citas. La primera es de Paul Valery. En 1933 mencionaba que nos encontrábamos bajo la sensación inédita de vivir entre dos épocas: “Por un lado un pasado que no se ha abolido y olvidado, pero un pasado del que no podemos extraer prácticamente nada que nos oriente en el presente y nos brinde la oportunidad de imaginar el futuro. Por el otro, un porvenir sin la menor figura.”
La segunda cita es de J.P. Sartre: “El mundo de hoy se nos aparece horrible, sin esperanza. Ésta es la tranquila desazón de un hombre que morirá en este mundo. No obstante, es justamente a eso a lo que me resisto. Y sé que moriré esperanzado. Pero es necesario crear un fundamento para la esperanza”
Sigamos su diagnóstico. Parece que estamos entre un porvenir sin la menor figura y un pasado que se nos presenta (de hacer presente) horrible, por lo que nos ha enseñado y porque nos ha robado la posibilidad de esperar. En este sentido, no tenemos fundamento ni para el olvido ni para la esperanza. Es decir, no tenemos fundamento para la acción; pero, a pesar de todo actuamos. Las preguntas, son, entonces:
¿por qué actuamos, para qué actuamos, quién otorga fundamento a nuestras acciones cuando las hacemos?
¿Existe una “mano invisible” que nos hace actuar y que desconocemos?
¿Se trata de una “mano” que nos viene de afuera (Dios, la ley, la moral, la sociedad, la tradición) o de adentro (la voluntad, la responsabilidad, el deseo)?
¿Existe, en realidad, un adentro y un afuera?
¿Es necesario, posible, deseable encontrar fundamento para la esperanza?
Podrán notar que el tema central es la espera. Una especie de estado de alerta que, personalmente, me inquieta, tanto teórica como íntimamente.
Ahora que lo pienso, creo que buena dosis del trabajo del historiador tiene que ver con la espera. Los historiadores estudiamos, justamente, cómo y por qué las personas actúan como actúan: la acción y la espera son parte de una misma cosa.
Algo le ha pasado en los últimos tiempos a nuestra forma de esperar. Diagnóstico al que algunos llaman crisis de valores, desencanto, escepticismo; calificando incluso a la época como posmoderna. La posmodernidad, si es que eso existe, es simplemente (y eso es suficiente) un cambio radical en la forma de esperar.
Para cerrar estas escuetas reflexiones, cerremos pues con dos citas. La primera es de Paul Valery. En 1933 mencionaba que nos encontrábamos bajo la sensación inédita de vivir entre dos épocas: “Por un lado un pasado que no se ha abolido y olvidado, pero un pasado del que no podemos extraer prácticamente nada que nos oriente en el presente y nos brinde la oportunidad de imaginar el futuro. Por el otro, un porvenir sin la menor figura.”
La segunda cita es de J.P. Sartre: “El mundo de hoy se nos aparece horrible, sin esperanza. Ésta es la tranquila desazón de un hombre que morirá en este mundo. No obstante, es justamente a eso a lo que me resisto. Y sé que moriré esperanzado. Pero es necesario crear un fundamento para la esperanza”
Sigamos su diagnóstico. Parece que estamos entre un porvenir sin la menor figura y un pasado que se nos presenta (de hacer presente) horrible, por lo que nos ha enseñado y porque nos ha robado la posibilidad de esperar. En este sentido, no tenemos fundamento ni para el olvido ni para la esperanza. Es decir, no tenemos fundamento para la acción; pero, a pesar de todo actuamos. Las preguntas, son, entonces:
¿por qué actuamos, para qué actuamos, quién otorga fundamento a nuestras acciones cuando las hacemos?
¿Existe una “mano invisible” que nos hace actuar y que desconocemos?
¿Se trata de una “mano” que nos viene de afuera (Dios, la ley, la moral, la sociedad, la tradición) o de adentro (la voluntad, la responsabilidad, el deseo)?
¿Existe, en realidad, un adentro y un afuera?
¿Es necesario, posible, deseable encontrar fundamento para la esperanza?

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Creo que me serviría por varias cuestiones.
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