domingo, julio 17, 2005

Aunque había diccho que esta carta no entraría a formar parte del diario, decidí integrarla, para hacer después, de ella, parte de los textos por observar y trabajar, en el sentido de mostrar la manera cómo se fueron generando ciertos vínculos. Así que la mando completa:

De cómo un diario se convirtió en una carta de despedida

En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros, según indiquen las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se marchan: las casas se desmontan; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.

Desde la cuesta de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.

Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.
Viajando así por el territorio de Ersilia encuentran las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.

Italo Calvino, Las ciudades invisibles.

La descripción que Calvino hace de Ersilia es la mejor forma de describir lo que siento hoy que termina el curso de verano. Como comenté cuando leí este fragmento hace un momento en el salón, había escrito ya unas notas que no se pudieron imprimir en el diario por efectos mágicos e inquietantes. En el texto decía las últimas impresiones y trataba de mostrar mi satisfacción por todo lo trabajado en estos días, decía además, que como Yoania, prefería escribir que hablar. Pero al no lograr imprimir el texto pensé que era necesario hablar un poco con ustedes de lo que ese texto quería transmitir. Ahora que estoy tratando de reconstruir lo que ahí decía me doy cuenta de la irrelevancia de esta tarea. Ya se los dije y poco sentido tiene volverlo a hacer en el diario.

Sin embargo, me doy cuenta también, que hay elementos que sí me interesa intentar recuperar, sobre todo los relacionados a la sensación de pérdida y continuidad que Ersilia produce. La existencia de una telaraña que vemos desde la cuesta indica que nosotros ya no estamos allá, ni en ningún lado. Indica un vacío de personas y una fabricación de redes. Ya no somos el equipo que se creó para planear y llevar a cabo un curso de verano. Aunque las redes, los hilos, la maraña está ahí, trazada con la densidad que toda maraña tiene y con la capacidad de soportar que ella inaugura. Decir red implica aceptar una serie de nudos, tensiones, relaciones completamente extrañas, contingentes, inciertas, fortuitas, así como señalar un soporte, un contenedor, un espacio que permite cachar, pero también atrapar, al que caiga en ella.

Así me encuentro. Atrapado y cachado por la red que hemos fabricado. Preocupado por resolver cómo le hago para que la red que hemos creado hasta ahora sea contenedor de los siguientes prestadores de servicio, así como de los niños que nos han ayudado a crear la maraña en la que nos encontramos. Que sea contenedor implicaría que permita trazar nuevas relaciones sin que la maraña se convierta en institución que imponga una ley a aquellos que se integran por vez primera. El punto estriba en cómo olvidar los vínculos creados con ustedes para que los que vienen no sean medidos con la expectativa que ustedes mismos han creado; es decir cómo recordarlos para que sean soporte de las acciones siguientes. Sobra decir, ¿sobra decir? que si me encuentro en estas dudas es porque la telaraña trazada me tiene enmarañado, que no quiero olvidar los vínculos elaborados pero tampoco quiero que lo que sigue sea siempre medido en función de lo que fue.

El conflicto está en que lo que ha sucedido entre nosotros es final para ustedes e inicio para el proyecto que apenas comienza para mí. Aunque tiene raíces de otros que sin que ustedes lo supieran del todo ya marcaban lo que podía o no podía hacer y ser este curso de verano. Me interesaba continuar de alguna manera los proyectos de servicio social que se habían realizado en el Colegio. Ellos fueron, en muchos sentidos, huella que sigue marcando y enseñando lo que debe ser, para mí, un servicio social. Sobre todo porque fueron formas estratégicas de los alumnos por apropiarse un proyecto y al mismo tiempo encargarse de su propio accionar como casi egresados de una universidad. Lo interesante de todos ellos fue que marcharon casi solos. Sin nadie que coordinara de manera concreta los fines, las estrategias, las posibilidades de realización de lo que estaban haciendo. Por eso temía y sigo temiendo que la entrada de la institución a través de un profesor de tiempo completo elimine la autonomía que había permitido elaborar un proyecto propio. Por eso traté de dejar que este fuera proyecto común para que no se impusiera mi manera de ser, de ver, de hacer y traté, en la medida de lo posible, de ausentarme o involucrarme paulatinamente, de estar a medias o de estar completamente sin que ello implicara que mi voz fuera la única autorizada para hacer o no hacer, para decidir.
La dificultad estaba y sigue estando en que ausentarme podía tomarse como una especie de desafane que las dejaba solas en el asunto. Presentarme, por su parte, tenía la amenaza de que se hicieran las cosas como yo las haría. Por eso quise estar como si fuera uno de los que ayudaban a que las cosas salieran, casi como emergente que pudiera meterse de vez en cuando para apoyar a aquellos en los que había recaído la responsabilidad de coordinar el curso, los talleres, las actividades. Creo que en términos generales se dio así, fueron más los momentos en los que acordamos, intercambiamos, decidimos colectivamente o a través de diálogo que los momentos en que yo decidí lo que debía de hacerse arbitrariamente. Me costó trabajo, aunque lo duden. Y es que haber trabajado con niños anteriormente me hacía querer estar de fondo en la organización, hacerla a mi modo, pero sabía que de hacerlo así dificultaría que algunos de ustedes se apropiaran de ello.
En realidad las cosas fueron más sencillas de lo que refiero y es que las relaciones con aquellos responsables formalmente o no de la organización general fueron, me parece, lo suficientemente claras y estrechas como para que ellas no se sintieran incómodas con mis observaciones, las acataran al pie de la letra o se molestaran por que impusiera un orden que no era el que querían. De no ser así me importaría saberlo. Sobre todo con Roxana, Carolina y Nallely, pues creo que con ellas fui más incisivo en algunos comentarios, y ello porque sabía que no me harían más caso del necesario. El gesto manual de Roxana con el que me despediste el día de ayer muestra lo evidente: no te preocupes acá nos quedamos, no es necesario que estés por acá, (por lo menos eso quiero creer). En ese sentido la relación contigo, Roxana, ha sido para mí sumamente importante. Incluso estoy seguro que el curso ha sido una forma de encontrar intereses comunes, de abrir la posibilidad de dar y recibir, intercambiar, seguir trabajando en lo mismo.
Carolina y Nallely, por su parte (aunque también puedo estar sobreinterpretándolas), tienen un interés por moverse y formarse tan fuerte que las críticas, comentarios, opiniones, les vienen bien, por eso les llegan y por eso se quedan pensando un tiempo largo en ellas. Particularmente Nallely has querido y has logrado ser elemento de orden, aunque a veces preguntas como si no supieras que hacer, haces lo que quieres y como lo quieres. Eso, aunque suene a crítica, es reconocimiento. Para mí fue central que estuvieras organizando todo desde el inicio, que sirvieras de enlace, de puente, de hilo conductor. A veces, la fuerza que muestras, provoca que uno deje de decir lo que debe decir, es decir, que deje de reconocerte lo importante que fuiste para que el curso se hiciera.
Contigo Carolina las cosas fueron un tanto parecidas, pero con intensidades distintas y con ritmos mucho más discretos. Tus lazos conmigo son menos notorios, pero no menos fuertes. No demandas, aunque estás. Además creo que tu interés por cuestionarte y pensarte, formarte y entregarte es completamente enérgico. Queda pendiente, me interesa de fondo, trabajar contigo esa tesis que se que será experiencia distinta pero no menos formativa para ambos. Creo, además, al igual que con Nallely quedaba pendiente decirte lo central que fue tu presencia en este proyecto.
Contigo Yoania el hilo tiene tensiones y marcas diferentes. Tu dureza, claridad, contundencia son apantallantes. Tu responsabilidad también. En aparente discreción sostuviste más de lo que a veces se notaba. Pero tus diarios me han permitido saber lo que te pasa de fondo, las inconformidades, los enojos, los reclamos; así como el gusto y el aprendizaje que esto te ha dejado.
Paula, también tienes ritmos diferentes. Corajes distintos y entregas propias. A tu ritmo, de manera selectiva, trazas hilos que ni siquiera sabemos bien en dónde y cuándo están. Tu confrontación irónica, burlona, a veces despiadada me ha dejado mucho que pensar desde antes del curso de verano. Tu franqueza también.
Heidi, lo dije ya, has generado un impacto fuerte. El compromiso que te caracterizó desde un principio, y que se medía con quejas fuertes y llamadas de atención rotundas, se fue convirtiendo en una enorme posibilidad de estar entre nosotros, de integrarte y de meterte de lleno en tu proyecto y en el nuestro, de hacer tu proyecto parte del nuestro. Las reflexiones que has realizado son, para mí, material importante para pensar contigo, desde ti, lo que puede ser enseñar el patrimonio cultural a niños indígenas.
Raquel y Sandra no se han dejado, por lo menos conmigo, presentar de manera individual. Son las talleristas de la oralidad que hacen suyo un proyecto que a veces muestran y otras ocultan. Invitan a él, pero, así lo siento, se sienten defraudadas, poco entendidas, poco apoyadas por uno. Personalmente me encanta su trabajo, la idea de su trabajo, la intención de su trabajo. Entiendo, además, que han puesto su fuerza en el asilo y ello las alejó de la otra sección del servicio social por razones diversas que no toca detallar ahora. Importa insistir que el servicio social se compone de cuatro proyectos diferentes: el curso de verano, lo que Heidi está realizando, el trabajo de oralidad con los ancianos y con los niños que ustedes hacen y lo que haremos a partir de agosto los cinco que nos quedamos (Jimena, Norma, Karen, Gabriela y yo) En el curso nos cruzamos todos y la red que se generó mostró las dificultades de querer sumar todo en un mismo espacio. Pero tenemos pendientes otros temas y quiero ver cómo podemos estrechar los hilos desde la escritura y la oralidad.
Jimena fuiste para mí una gran sorpresa. Ni siquiera se cómo explicarte la tranquilidad y confianza que me genera tu personalidad. La calma y el compromiso, la entrega y la innumerable cantidad de detalles discretos pero firmes me permiten sentir que tus hilos tienen la discreción y resistencia que una buena red debe contener.
Norma lo mismo. Un poco más tímida, distanciada, alerta. Pero con una mirada atenta y rigurosa, de esas que se colocan en donde nadie se atrevió a mirar pero que requiere la atención de nosotros. Mirar a los que no son mirados y comprenderlos desde su condición marginal es fundamental para atender mejor a un grupo de niños. Ahí tu sensibilidad fue clave y contundente.
Karen y Gabriela han sido objeto de atención de los últimos diarios. Queda abierta una relación que sea menos abastecedora y más recíproca, ellas son, de alguna manera, las que más han dado sin haber recibido mucho a cambio.
Diego fue entrada sigilosa, a veces con más ruido del que queríamos y otras, con la discreción necesaria para apuntalar un orden que se hizo sin notarlo. También es muestra de cómo regresar por allá, con psicología, lo que nos han dado.
Beto y Deborah, lo dije ya, me dejan la muestra de que servir es mucho más que cumplir con un requisito. Su huella, creo, dejó una marca muy seria, muy fuerte, en la red que ha quedado inscrita en el Gran Claustro. A tí Beto, en particular, quiero decirte que me entusiasmó no sólo la relación estrecha que creaste con los niños, también, los comentarios que nos hiciste y la manera en que permitieron hacer esto más integrado.
Nahum, también estuvo ahí, apoyando a quien debía y generando la confianza a quien tenía que acompañar.
Ni quiero hacer de esto una lastimosa despedida, pero en los momentos de terminar algo se me da lo cursi, lo sentimental y, ni modo, no podía ni quería dejar de ser con ustedes como soy.




jueves, julio 14, 2005

Estamos cerca del final. Nuestro cuerpo lo señala. A mí, particularmente, me duelen aun las piernas y los ojos reclaman con ardor molesto las pocas horas de sueño. Las noches no han sido las mismas desde que iniciamos el curso de verano. Como siempre, cuando los días se inundan de novedades y tensiones, en estas noches la cabeza y las imágenes que la saturan no dejan dormir bien. No sólo es el curso, cabe aclarar, además, como algunos saben estoy intentando escribir la tesis de doctorado. Por eso los días se han vulto extraños: niños en la mañana, novelas históricas en la tarde. Por eso se me cruzan de vez en cuando, en medio de la noche, todas las imágenes.
Ahora no. Hoy me siguen dando vueltas los diarios de las gastrónomas. Me gustan, me siguen gustando. Hay en ellos algo de la frescura que aveces se nos pierde cuando las teorías se nos imponen como formas de clasificación del mundo. Esto lo cruzo con un comentario de Norma en torno a las interpretaciones de Diego, comentadas en una plática entre Norma, Sandra y Raquel.
Me explico, para que esto siga siendo el diario que es y no se convierta en el chismógrafo que amenaza ser.
Como he mencionado cada uno de nosotros establece una relación con los niños a partir de sus propios supuestos, prejuicios, conocimientos, experiencias. Es imposible que sea de otra forma.
Unos presupuestos son más teóricos que otros. Desde luego, los psicólogosd, por ejemplo, han construido un aparato teórico interpretativo muy sólido que se relaciona con la posibilidad de explicar las conductas visibles de las personas acudiendo a develar o decubrir algo que las propias conductas ocultan. Ellos creen, como nosotros, además, que las cosas no son lo que parecen que son, que algo ocultan. Para ellos su punto de mira es el sujeto, y más precisamente, el inconciente de ese sujeto. Lo que él no sabe de el mismo. Hay muchas teorías psicológicas, incluso que se contraponen y oponen. A mí, particularmente, me resuenan muchas de ellas y creo que son útiles, importantes, necesarias para explicar muchas de las cosas que los seres humanos realizamos.
Pero mi formación es otra. Más cercana a la atención de una preocupación de índole social o cultural. Pero no deja de ser un tanto "ilustrada," como la de todas las teorías que suponen producir explicaciones de la acción de un individuo más allá de lo que los sujetos pueden comprender de sí mismos. No hay tanta diferencia en explicar la acción de un sujeto como producto de la violencia social en la que viven, de la clase social en la que se inscriben, del grupo cultural al que pertenecesn, con explicarla indagando en torno a la constitución psíquica, el inconsciente, incluso pensando en la estructura génetica, biológica, del individuo. Todas ellas suponen un saber que no tiene el individuo o la colectividad social que tratan explicar. Por ello es ilustrada, ilumina lo oscuro, lo que no se ve, lo que no se sabe.
Sin embargo, hay grados o niveles, es decir, diferentes posiciones en torno a la legitimidad o valor de ese saber que devela lo oculto. Tanto la antropología como la sociología o la historia comparten, con algunas teorías psicológicas, el reconocimiento de que el sujeto que investiga es también un sujeto social, cultural, histórico, psíquico. Y que su acción de conocer o explicar está regulada, marcada, influida, limitada por su orden cultural, social, histórico, psíquico. En este sentido más que explicar acciones lo que proponen es comprenderlas o interpretarlas. Con ello han trazado una distancia enorme con su herencia ilustrada, o la han modificado un poco a través de la herencia que el romanticismo y la hermenéutica decimonónica habían elaborado cuando las ciencias sociales surgieron como tales. Pero eso es otro tema.
Por el momento, lo importante, es seguir la reflexión que la hermenéutica abrió, a través de la cual propuso que más que explicar lo que uno puede hacer es comprender, y que en este acto no sólo se comprende a los otros sino a uno mismo. Para lograr esa comprensión el diálogo es uno de los procedimientos de trabajo más importantes. Se trata de hablar para entender las razones del otro, se trata de observar como habla uno mismo para entender nuestra misma posición. En este sentido no hay lugar privilegiado para mirar, todos tenemos nuestros puntos ciegos, por ello dialogar e intercambiar opiniones nos puede servir para revisar nuetros presupuestos y comprendernos. Decir que los psicólogos son reduccionistas, es lo mismo que señalar que los antropólogos lo son. De hecho, todos lo somos un poco. Más que criticar, siguiendo el viejo paradigma ilsutrado, se trata de dialogar. Eso debemos intentar con este diario y con los suyos individuales. Creo. Espero. Por lo menos es ese mi deseo (bien inconsciente, imagino).
Rregreso a las gastrónomas y la aparente frescura que dicta sus diarios. Ni es frescura que suene a ingenuidad, por lo menos no debe serlo de entrada. Creo que hay que preguntarles más desde donde escriben y por qué lo hacen así para que nos devuelvan un poco de su mirada, de sus presupuestos. Lo que es cierto es que han trabajado intensamente y que sigue siendo productivo el lugar común que nos han ofrecido: barriga llena, corazón contento.

martes, julio 12, 2005

Los diarios comienzan a diversificarse. A tal grado, que resulta imposible comentar e introducir sus movimientos en esta página sin sentir que algo queda fuera. La posibilidad de darme cuenta de esta situacón la generó la llegada de dos diarios nuevos. El de Karen y el de Norma. Ambas habían permanecido en silencio, no sólo en relación al envío o no envío de sus notas, sino incluso a la exposición de su vivencia aunque sea de manera oral -por cierto, ¿qué ha pasado con los diarios de la oralidad?- lo que no impedía que todos notáramos su presencia, aunque no supiéramos bien a bien qué les estaba pasando, cómo lo estaban viviendo.

De entrada comento el texto de Norma. Es interesante, sobre todo, porque muestra un interés por aquellos niños que se han quedado fuera de las actividades, en parte por su edad, pero en parte, también, porque no se dejan atrapar tan fácil. No sólo por "latosos", "inquietos" o "traviesos", sino porque algo en ellos, a mi me lo parece, indica cierto malestar. No con nosotros, creo, sino con su situación, con las "oportunidades" vitales, con sus condiciones de vida. No es lo mismo entrar a formar parte del mundo a los ocho, nueve o diez años que a los doce o trece; las responsabilidades, las posibilidades, la socialización incluso, cambia rádicalmente.
Los niños, dicho así en abstracto, parecen estar más cerca del adulto sin que ello agreda su personalidad, se integran con nosotros y de alguna manera trabajan para que los veamos trabajar, para que valoremos o no sus actividades, para entregarnos un poco de lo que han hecho. Así, me parece, reciben nuestro interés de manera gratificante, se sienten mirados y responden participando con gusto en las actividades. Al parecer son "individuos solitarios" que se vinculan con los adultos directamente, personalmente. Eso facilita la relación.
Los "chavos", también es pura especulación, no funcionan así. Antes de estrechar o trazar una relación con nosotros, deben solicitar autorización al interior de su grupo. Ellos no se vinculan con alguno de nosotros de manera personal o directa, sino a través de los que el grupo es y lo que el grupo necesita. Son un grupo, por ello, mientras más integrantes lo conformen más complicado es entrar entre ellos para invitarlos a participar. Norma lo comentaba, individualmente parece que no les interesa, y es que no pueden mostrar nada individualmente si no es aprobado por el resto del grupo. Pasó un poco en la actividad de la plastilina. Ahí los grandes no podían trabajar sin pedirle al de junto que le señalara la pertinencia o no de su figura, pero no se sumaban para construir una visión común, sino para desmontar toda posibilidad de hacer algo en común, y mucho más si ello implicaba sumarse a un colectivo que no era el que sentían cercano (con niñas o con niños más chicos.)
Los niños chicos son diferentes, ellos también requieren aprobación pero la buscan con nosotros, les preocupa no hacerlo "bonito" pero el que mide esa calidad no es el de junto sino los adultos. Ninguno, evidentemente, está fijando un criterio de "calidad" autónomo, quizá alguno de ellos, como Darío (me parece) que aveces logra clavarse y elaborar sus temas para él, porque le gustan. Otras veces alguno de los grandes puede tratar de safarse de la mirada de su compañero para lanzar una imagen que diga algo de su situación, que exprese un poco lo que le pasa. Creo que es por ahí por donde debemos seguir fomentando su trabajo. Que expresen y que digan con los materiales, la pintura, las actividades, lo que les incomoda o molesta, lo que les irrita. Evidentemente no se trata de "hacer estallar una bomba," no creo que tengan la confianza para hacerlo, además tampoco son tan grandes, y de pronto siguen moviéndose en este ámbito en donde al dejar de ser niños y no tener un grupo propio (chavos de su edad que imponen una serie de normas, reglas, pautas, etc.) se les puede interrogar sobre ellos mismos, sobre su distancia ya clara con sus mayores y sobre su distancia, también real, con los chavos más grandes con los que viven y que aun no dominan o marcan sus comportamientos. Pura especulación que podría servirnos para enfrentar diferencialmente (sin marginarlos) a los que están generando situaciones nuevas.

El diario de Karen también fue importante. En él aparece en escena el trabajo talachudo que poco se ve y que permite cierto funcionamiento. Importa tener presente su esfuerzo y su interés para hacerles nuestras observaciones y para acompañarlas un poco más en sus tareas. Para introducir a los niños en su espacio y para hacerles notar el esfuerzo que implican estas tareas. Recordemos, sólo como ejemplo, a las madres solicitando un poco de apoyo o comprensión por el desgaste de un trabajo hogareño que nunca se nota y valora. Hacerles sentir a los niños que eso es trabajo, que pesa, que importa, que está lleno de interés o cariño, preocupación o cuidado, podría colaborar en el reconocimiento de sus espacios, de la valoración de las actividades de aquellos que en su casa se preocupan por esa función.
Recordemos que nuestra tarea no es ofrecerles una "burbuja" que sea completamente diferente a lo que viven en sus casas, sino tratar de ayudar a que valoren lo que tienen, pero que además puedan (tremendo optimismo el que me guía) señalar y solicitar un poco de respeto a sus "derechos" más elementales.

Finalmente, el diario de Heidi, que no he comentado aun, me dejó pensando en muchas cosas. Por un lado sigue rondando la interrogante que a ella le inquieta: ¿cómo introducir el patrimonio, su valoración en estas comunidades? Más allá de la necesidad de una investigación que permita mostrar cuál es el patrimonio que sí valoran y por qué no valoran otros patrimonios que no sienten suyos. Como sabemos, el proyecto nacional enclavado en la noción de patrimonio incluye a estos grupos no como poseedores de un patrimonio, sino como parte nuestro patrimonio. Los mexicanos tenemos diversidades culturales, ese es nuestro patrimonio diverso, los niños que nos vienen a visitar son parte de él, lo respresentan; pero ellos, qué patrimonio tienen, ¿pueden ser realmente parte de el patrimonio de otros, del de nosotros? ¿que factores violentos les introducimos cuando los "patrimonializamos"? ¿no los estamos patrimonializando con el simple gesto de darles un curso de verano especial para ellos? Las discusiones de lo multicultural y el multiculturalismo deben ayudarnos a repensar seriamente estas cuestiones.
Es todo. Perdonen los errores tipográficos y la edición un tanto descompuesta, tengo prisa por bajar y en los últimos tiempos la escritura ha salido tal cual, sin revisión y sin edición. Quizá sirva para dejar salir las ideas, las reflexiones y las vivencias más en bruto.

domingo, julio 10, 2005

Ha pasado una semana. El curso nos ha movido. Era de esperarse, desde luego, lo interesante es en dónde ha colocado a cada quien. A mi, no se bien todavía ni cómo, ni por qué, pero me ha generado un movimiento extraño. De eso les quiero hablar.

Desde que comencé a trabajar en el Claustro había mantenido a distancia muchas de las actividades a las que me había dedicado desde que comencé a trabajar. Una de ellas era el trabajo que había y he realizado con niños desde que estaba en la secundaria. Y es que mi primer trabajo formal fue con niños, en un campamento al que fueron niños de 3 a 6 años en un rancho pequeño. Yo tenía 12 años.

Poco después entre clases particulares, cursos de verano y cuidado de niños por las tardes, mantuve un trabajo estrecho con niños de 3 a 12 años. Todo ello mientras estudiaba la preparatoria. Luego, durante la carrera, seguí, esporádicamente, dedicpandome a ese tipo de actividades. Cuando acabé la universidad, como a los 23 años, me metí a dar clases en secundaria. Para mi fue, en todos los sentidos, una experiencia fundamental. Quizá por ello me mantuve en ese trabajo de tiempo completo durante cinco años, hasta que me cansé y hasta que sentí que mi formación como historiador no se equilibraba del todo con estas actividades; aunque no pude evitar por afectos intensos seguir dando clases unas cuantas horas en secundaria y preparatoria. Y es que entre la tesis de maestría, el nacimiento de mis hijos y las clases de licenciatura que daba en la ENAH, en la Ibero y en el mismo Claustro ya no me podía seguir trabajando con alumnos de secundaria de tiempo completo, quienes, sobra decirlo, eran extremadamente demandantes.
Cuando entré al Claustro de tiempo completo dejé definitivamente las clases de secundaria, aunque me costó mucho trabajo, el trabajo con ellos y el apego a la escuela en la que había estado me dificultaron un desprendiemiento que para cualquiera de mis allegados (sin incluir a los alumnos y a los maestros de esa escuelita) era obligatorio y natural. Quizá la dificultad de salirme de este ambiente me ha mantenido desde entonces dando clases en preparatoria.
De alguna manera entrar al Claustro me sacó del contacto con niños perqueños, incluso, sin pensarlo demasiado, creí que eso se había terminado y que formaría parte de un conjunto de experiencias que sólo tendrían lugar entre mis recuerdos.

Hoy siento que mi pasado se ha removido. Por ello, en la última semana me he sentido en una especie de burbuja de tiempo extraña, pues por un lado siento que estoy trabajando en algo que he hecho siempre, que me es muy natural, pero, por otro, siento que lo hago en el espacio que me había alejado completamente de ello.

Todo lo que había trabajado en el Claustro, menos una clase de arte y educación, estaba completamente alejado de esa experiencia. Como si huebiera mantenido oculto para mí y para los demás esa parte de mi desarrollo laboral. Incluso, durante el tiempo que planeamos el curso, decidí mantenerme a distancia, invitándoles a pensar que el tema del trabajo con niños requería de planeación, asesoría, estudio, pero diciendo muy poco que yo podría dársela, como si prefiriera que fueran otros -los de psicología- los que hablaran con ustedes de los límites, las reglas, las normas, la pertinencia de las actividades, etc. Desde luego, no considero que mi experiencia sea suficiente para atender esos temas, pero también se que tampoco es tan escasa para que me sea imposible trabajar con ella y transmitirla.
Ahora me siento en una especie de tensión entre lo que quiero hacer en relación a mi investigación de tesis de doctorado, a mi formación de historiador (investigador y etc.) y aquello a lo que me he dedicado laboralmente sin formalizarlo nunca con ningún tipo de estudio sistemático.

Desde luego, el Claustro no es ni primaria ni secundaria y mis actividades centrales seguirán siendo las vinculadas a la formación de los alumnos de la universidad y el desarrollo de mi investigación; sin embargo, me da gusto, mucho, haber reabierto un tema que me gusta para introducirlo en mis actividades de la universidad. Lo único que me falta decirles es que sin saber aun bien por qué me da un gusto especial que haya sido con ustedes.

viernes, julio 08, 2005

La nota anterior (que viene después de ésta en realidad) fue escrita el miércoles, como lo dice la fecha de arriba, aunque la puse hasta ahora porque la red del Claustro estaba caída, ¿como nuestras esperanzas?.
Pero, además, está incompleta. Y es que en ella decía que había seguido sus diarios por varios asuntos, y sólo comenté el primero, que tenía que ver con el asunto de la espera. Es decir, en sus diarios puedo ver lo que esperan, así como lo que hacen. Aunque, desde luego, lo que hacen se ve abajo, cuando está uno con ustedes y cuando uno está haciendo sin pensar en el por qué. Pero, de todas formas, lo que escriben muestra un hacer (¿cómo perciben sus acciones?) y una descripción de las acciones de los otros. Descricpión de sus actos y de la de los otros elaborada desde los fundamentos (los suyos) que les permiten describir (criticar para bien o para mal) la acción de los demás.
Ahí, en sus diarios, se nota lo que esperan de la institución, de mi, de ustedes mismos, de los niños, del curso de verano, de nuestras acciones. Ahí trazan la distancia entre ustedes y los demás, pues siempre se construye desde un nosotros confrontado a los otros (equipo curso de verano-niños; equipo curso de verano-instancias del Claustro; yo-niños; yo-los demás miebros del equipo, etc.)
No es lugar para analizar con detalle cómo construye cada quien su diario; cómo construyo yo mismo este blog, pero sí para indicar la posibilidad de que cada uno de nosotros lo piense y pueda, entonces, ver cómo nos estamos colocando y lo que estamos esperando; también para ver los límites que fijamos entre el adentro y el afuera, el nosotros y los otros.
Pero además -¿algo me impide llegar al segundo punto que sus diaros me ofrecen? (es pregunta para mí que pueden ayudar a contestar)- tiene que ver con que a través de ellos me permiten dejar de pensar, es decir, dejar de intentar reflexionar sobre lo que hacemos y lo que somos, lo que esperamos, queremos, intentamos. Más allá de eso, mucho más allá, algunos de sus textos provocan, producen, hacen. Es decir, en ellos y con ellos, construyen un vínculo que no existía entre ustedes, conmigo, con los demás. Hacen vínculos que ya no se tienen que pensar porque están y porque al hacerlos comenzamos a pensar desde ellos, es decir, dejamos de ser el que éramos y empezamos a ser otros. Todo vínculo debe generar eso si es que se da. La pregunta, entonces será, ¿qué tanto hemos transformado nuestros vínculos y nuestra manera de elaborarlos?

miércoles, julio 06, 2005

He seguido atendiendo con mucho interés sus diarios. Por varias razones. La primera, porque, como les expliqué, parte de mi trabajo de investigación consiste en proponer un servicio social que funcione para el Colegio de Arte y Cultura, pero que al mismo tiempo permita reflexionar y analizar lo que se espera del servicio social en el país, en la universidad, entre los profesores y entre los alumnos. Desde luego, lo que importa, es tratar de ver qué tan cercanas son las expectativas entre todas estas instancias y, finalmente, cómo se relacionan éstas con aquellas que la "sociedad" atendida espera de nosotros.
Podrán notar que el tema central es la espera. Una especie de estado de alerta que, personalmente, me inquieta, tanto teórica como íntimamente.
Ahora que lo pienso, creo que buena dosis del trabajo del historiador tiene que ver con la espera. Los historiadores estudiamos, justamente, cómo y por qué las personas actúan como actúan: la acción y la espera son parte de una misma cosa.
Algo le ha pasado en los últimos tiempos a nuestra forma de esperar. Diagnóstico al que algunos llaman crisis de valores, desencanto, escepticismo; calificando incluso a la época como posmoderna. La posmodernidad, si es que eso existe, es simplemente (y eso es suficiente) un cambio radical en la forma de esperar.
Para cerrar estas escuetas reflexiones, cerremos pues con dos citas. La primera es de Paul Valery. En 1933 mencionaba que nos encontrábamos bajo la sensación inédita de vivir entre dos épocas: “Por un lado un pasado que no se ha abolido y olvidado, pero un pasado del que no podemos extraer prácticamente nada que nos oriente en el presente y nos brinde la oportunidad de imaginar el futuro. Por el otro, un porvenir sin la menor figura.”
La segunda cita es de J.P. Sartre: “El mundo de hoy se nos aparece horrible, sin esperanza. Ésta es la tranquila desazón de un hombre que morirá en este mundo. No obstante, es justamente a eso a lo que me resisto. Y sé que moriré esperanzado. Pero es necesario crear un fundamento para la esperanza”
Sigamos su diagnóstico. Parece que estamos entre un porvenir sin la menor figura y un pasado que se nos presenta (de hacer presente) horrible, por lo que nos ha enseñado y porque nos ha robado la posibilidad de esperar. En este sentido, no tenemos fundamento ni para el olvido ni para la esperanza. Es decir, no tenemos fundamento para la acción; pero, a pesar de todo actuamos. Las preguntas, son, entonces:
¿por qué actuamos, para qué actuamos, quién otorga fundamento a nuestras acciones cuando las hacemos?
¿Existe una “mano invisible” que nos hace actuar y que desconocemos?
¿Se trata de una “mano” que nos viene de afuera (Dios, la ley, la moral, la sociedad, la tradición) o de adentro (la voluntad, la responsabilidad, el deseo)?
¿Existe, en realidad, un adentro y un afuera?
¿Es necesario, posible, deseable encontrar fundamento para la esperanza?

martes, julio 05, 2005

Nota aclaratoria. El texto que viene abajo es producto del diario 2 de Nallely (como ahí se dice), sobre todo de la inquietud y molestia que a ella y, a cualquiera de nosotros , nos produce que las cosas no puedan salir como lo teníamos planeado, y ello por motivos externos a nosotros.
Todo lo que sigue es por ello.
Si no han leído lo anterior, comiencen por ello, si ya lo hicieron pueden seguir leyendo estas lineas:

El diario 2 de Nallely que ayer llegó a todos, me dejó pensando en uno de los asuntos centrales que atraviesa radicalmente el tema del servicio social. En buena medida la tradición cultural que nos define lo ha catalogado, más que como un tema, como una de las virtudes centrales del ciudadano moderno. Se trata de la responsabilidad y de las múltiples preguntas que esta temática abre por sí misma y que además abre para nosotros que realizamos una de las tareas a través de la cual los estudiantes y las instituciones de educación superior cumplen con algunos de los encargos, deberes, funciones sociales.

De entrada valdría la pena preguntarse, casi en abstracto, que entendemos por responsabilidad y cómo se vincula el concepto con otros que brotan casi de manera automática cuando esta se nombra: libertad, autonomía, soberanía, voluntad, poder, autoridad, sociabilidad, justicia, igualdad. Es decir, parece que podríamos poner en revisión (usando como temática central de reflexión la responsabilidad) el orden cultural que el mundo moderno ha creado desde la Ilustración.

Sin hacer ninguna reflexión sistemática, seria, formalmente fuerte, podríamos mencionar sintéticamente los vínculos que las palabras establecen tal y como las usamos desde el siglo XVIII en nuestro horizonte cultural, para revisar el horizonte político que este imaginario cultural produce. La sociedad se constituye por individuos libres, autónomos, racionales, quienes, por encima de sus particularidades culturales, grupales o gremiales, dirimen en el espacio público los conflictos que la interacción social produce con el fin de organizar un estado de derecho, consagrado por un orden jurídico -constituido por el poder judicial- que puede ser revisable y modificable –por el poder legislativo- y que tiene un encargado de hacer cumplir la Ley -poder ejecutivo. Ley que, según expresa el orden moderno, constituye los imperativos que la sociedad misma defina a través de sus representantes. Ley que puede ser discutida en los espacios consagrados para la opinión pública: desde las plazas, hasta la prensa, los medios de comunicación, los libros, etc. Por ello, la normatividad será la primera de las cláusulas necesarias para garantizar el orden social. Cumplir la ley, obedecerla, pero también cuestionarla bajo los principios de la racionalidad: argumentación, discusión, acuerdo, son parte de las responsabilidades que permiten que un individuo se convierta en ciudadano. Otras son menos claras: como por ejemplo, realizar diagnósticos críticos que permitan revisar si la sociedad vive en las condiciones de equidad que esta misma supone para funcionar como dice que funciona. O trazar una serie de acciones que contribuyan a reducir la desigualdad fáctica que toda sociedad produce en su desarrollo. Otro ámbito moderno de la noción de responsabilidad es la que cada uno tiene consigo mismo. Es decir, el cuidado de sí, la construcción de uno mismo. Resulta una de las resposnabilidades más complejas que la sociedad introduce en cada uno de nosotros, más compleja y más paradójica, pero no por ello menos importante.

En este sentido la autonomía, la posibilidad de regirse por uno mismo, la soberanía, la constitución de un espacio dominado por aquellos que lo habitan y la libertad, la posibilidad de definir y orientar las acciones por uno mismo, serán pieza clave del orden social instaurado desde la ilustración. Autonomía que se desliza por todo el espectro de lo social, produciendo unidades diferenciadas entre ellas, en función de la producción de reglas propias. El arte se mide bajo las reglas del arte, la economía igual, la ciencia a través de las suyas. Cada nueva configuración que la sociedad produzca estará sometida, de la misma forma, a la producción de sistemas normativos que permitan a sus miembros, entenderse y actuar. Ello no implica una separación absoluta de la sociedad. Se trata de una diferenciación funcional: la sociedad funciona a través de la constitución de sistemas o campos autónomos que se vinculan o acoplan de manera compleja, no mecánica, y diferente en cada orden cultural o histórico.
Bajo este orden de ideas, el Estado, el Estado nacional, se había convertido en el principal vector de ordenamiento. Siguiendo a la sociología clásica desde Weber, el estado, al monopolizar el ejercicio de la violencia tuvo la posibilidad de establecer un ordenamiento que beneficiara al colectivo que éste nada más representa. El poder, en bruto, estaba al servicio de la sociedad, y la sociedad debía o podía ponerlo en cuestión, criticarlo, responsablemente, cuando este se desviara de los intereses de la colectividad, o cuando cualquiera de los funcionarios públicos actuaran bajo imperativos personales y no bajo la normatividad consagrada en el orden jurídico por excelencia: la constitución. El ciudadano responsable era aquel que podía distanciarse de su particularidad para ejercer, a través de su opinión crítica y racional, universal y argumentada, un freno a los posibles intentos de tiranía de gobierno al que se le había encargado el ordenamiento del Estado.

Visto así, rápido y sin detenernos a precisar mejor las cosas, escribiendo mientras llegan los niños. Me gustaría sugerir algunas preguntas para poner a debatir las respuestas que ustedes encuentren:

¿Quién es responsable del servicio social que estamos haciendo?
¿Qué Ley nos exige participar en este acto?
¿Estamos obligados por una Ley exterior que no nos permite asumir una responsabilidad?
¿Para quién elaboramos reportes, diarios, programas, talleres?
¿A quién y cómo podemos recriminar cuando algo sale mal?
¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad y en dónde termina?
¿De qué nos sirve vincularnos con otras instancias de servicio social de la UCSJ –Psicología, Coordinación de Programas Comunitarios, etc- para hacernos co-responsables de un servicio?
¿De qué nos sirve vincularnos con otras organizaciones, gubernamentales o no –Gobierno del DF, Promotores, etc, para llevar a cabo nuestro proyecto?
¿Hasta dónde debemos y podemos hacer co-responsables del servicio a los beneficiarios del mismo (niños de los predios y comunidad del predio en general)?

Agarren una de ellas, dos, tres, las que quieran. Y si se puede escriban algo sobre las mismas.

Dejo hasta acá. Próximamente vendrá otro rollito que tenga la intención de ofrecer el panorama general en el que se inserta nuestra participación con los niños de los predios, es decir, se tratará de reflexionar brevemente sobre un mundo en donde el estado ha dejado de lado sus “obligaciones” sociales.

Y luego, ya en colectivo, me gustaría que lográramos escribir algo en torno al escenario más concreto en el que nuestro trabajo se realiza: para ver las necesidades, demandas, intereses de los actores que estamos involucrados: predios, gobierno del D.F. a través de su Secretaría de Desarrollo Social y su programa de Equidad, Promotores, Universidad, Servicio Social Comunitario, Colegio de Arte y Cultura, Profesor de Tiempo Completo, alumnos.

Lo anuncio como expectativas de temas que me interesa atender y en los que ando pensando.